Durante la mayor parte de mi vida me sentí incomprendido, aislado en medio de mis semejantes. Anduve siempre en busca de
alguien en quien pudiese ver reflejados mis propios anhelos, mis locas ideas y mis mejores ilusiones, pero no encontré sino seres incoloros, vacíos, con almas
pequeñas y corazones duros, egoístas y torpes. Mi infancia transcurrió en un hogar de gentes de escasos recursos, esa clase media que hoy ya no existe pero que sigue luchando por no
desaparecer, y mis padres en vez de darme ánimo, abrumados por toda clase de adversidades, me hablaban de sus penalidades y trabajos y el deseo de que yo, algún día, pudiese ser alguien
importante y pudiésemos vivir en barrios mejores y en casas amplias, con buenos muebles y una despensa abundante que lograse satisfacer el apetito propio de los buenos burgueses.<< MORE >>
Pasaron las vacaciones y Antonio regresó a sus estudios en la Universidad. El ambiente era de agitación, causada por un nuevo gobierno que tomaba el poder
como un botín para repartir entre los más allegados a la familia presidencial. En las aulas se debatía más de política que de las materias obligadas a estudiar y Antonio
optó por alinearse con los que criticaban al mandatario, el Presidente Guillermo Lascarro, descendiente de otro Lascarro que se había distinguido por favorecer a sus cuñados y a
otros miembros del clan familiar durante los cuatro años de su mandato presidencial, de tal modo que la imagen de Marcela se fue borrando de su mente y entró en un olvido temporal.<< MORE >>
La oficina del senador Eduardo Olmos, en el cuarto piso del edificio del Congreso, no era muy amplia pero estaba bien presentada y contaba con lo
indispensable para su funcionamiento: equipos electrónicos, teléfonos celulares, impresoras, archivadores, televisión. Y una biblioteca seleccionada por un especialista. En épocas de actividad
legislativa era frecuentada por una gran diversidad de personajes: líderes de provincia que venían a solicitar la influencia del senador en asuntos como terminar una carretera necesaria para
comunicar una región con el centro del país, señoras distinguidas que habían perdido el marido por causa de las disputas entre bandos opuestos, parientes de secuestrados por grupos armados que
exigían cuantiosas sumas por el rescate y necesitaban un empleo para poder educar a los hijos, contratistas que aspiraban a una jugosa partida para enlucir los descuidados pisos de los
recintos, publicistas a los que aún se les debían facturas de la última campaña, y muchas gentes más, que venían a conformar todos un popular ejército que sabía pelear en todos los campos de
las lides democráticas, de las que sacaban el mejor de los provechos.<< MORE >>
En la época en que conocí al senador Eduardo Olmos, de pronto vislumbré
una nueva etapa en mi vida, mientras llegaban a mis recuerdos muchas cosas a la vez. Por ejemplo, lo que mi madre me contaba acerca de la abuela aficionada a buscar tesoros escondidos: de
pequeña en una casona colonial mientras jugaba con otras niñas y se escondían en los desvanes, al saltar hacia un techo había palpado con sus tiernas manos unas bolsas de
fique que cayendo sobre el suelo dejaron oír un estruendo de metales; al abrirlas encontraron unas monedas grandes a las que sus padres, enterados del
feliz hallazgo, denominaron morrocotas o sea onzas de oro puro fundidas en la antigua Casa de Moneda en los años de la Colonia. Después de ese día los viejos prohibieron a sus hijos el paso
hacia la parte alta de su casa.<< MORE >>
Aquella tarde el salón del Senado de la República estaba casi lleno. El secretario llamaba a lista y al
fondo se oían las voces que contestaban: presente, presente, en el orden que llamaban a los honorables senadores. El presidente de la corporación preguntó al secretario si había quórum y éste
le contestó que sí, que había quórum para deliberar.<< MORE >>
Cuando el honorable senador Olmos me invitó a su nueva casa de Sindamanoy, ubicada en
un exclusivo sitio de residentes multimillonarios, al extremo norte de la ciudad, para comunicar su decisión de enviarme a los Estados Unidos, ignoraba por completo lo que me iba a
decir. Primero tuve que llegar hasta el helipuerto ubicado en la azotea de un alto edificio en el sector de la calle 100, de donde me trasladaron en un helicóptero que, después de un
corto vuelo sobre edificios y autopistas, me dejó en los terrenos de la nueva casa del senador. Entré desprevenido y encontré un grupo de personas que me miraron con curiosidad, entre ellas
estaban Marcela y la esposa de Olmos que surgió de lo alto como una visión deslumbrante y hermosa, bajando por la escalera de un segundo piso para llegar a una amplia terraza cubierta y
adornada con arbustos y flores exóticas.<< MORE >>
A poco de haberse casado en una ceremonia no muy ruidosa, mas bien íntima, en la capilla de una de las
haciendas que poseía el senador Olmos en la Sabana, pero sí bastante concurrida por personajes muy escogidos entre los directores de la Banca oficial y con fotógrafos de prensa que
publicaron en las páginas sociales de varios periódicos aspectos de la reunión, Antonio empezó a sentirse dominado por esa tiranía que ejercen las mujeres cuando se sienten dueñas,
absolutamente dueñas, de su marido. Pero poco a poco se fue acostumbrando a su nueva y ascendente vida, porque ahora lo importante era subir, como esos cohetes que hienden el
espacio en busca de otros planetas. Además la vida de casado, a pesar de ciertas restricciones de orden personal, le convirtió en un hombre reflexivo, calmado, con esa elegante lentitud de las
maneras que producen la buena comida, las cifras de la cuenta bancaria y el sexo satisfecho a plenitud.<< MORE >>
En verdad yo pensaba que Marcela no tenía por qué enterarse de lo que el gerente del Banco
Nacional de Vivienda hacía fuera de la casa, que mis acciones eran sólo mías y pertenecían a mi fuero interno, que nadie tenía que decirme qué estaba bien o
mal porque cada cual debe tener su espacio propio a donde no deben entrar ojos ni oídos ajenos. Y pensaba, también, que no debía hurgar en los espacios de mi esposa y que sus
reuniones de sociedad, organizadas con el fin de recolectar fondos para la construcción de hospitales y escuelas, que su participación en comités políticos de su partido, que sus viajes en
función de su cargo a países extranjeros o sus reuniones en casa de sus mejores amigas, eran territorio que yo no debía pisar, así habría un lógico equilibrio de actividades y tareas en un
matrimonio bien avenido, moderno y tolerante. Por eso anoto todas estas observaciones con cuidado y dejo a mi biógrafo el resto de la narración; algún día él recogerá todo lo escrito para que
la historia de mi vida sea publicada en un solo texto definitivo.<< MORE >>
Cae una fuerte lluvia, esa lluvia inesperada y frecuente, que viene del hemisferio norte, pasa sobre el Caribe y asciende a los
Andes para permanecer mucho tiempo sobre la cordillera, durante los meses de abril, mayo o septiembre, humedeciendo la tierra, las paredes, los tejados y las calles, metiéndose en la piel
y en el alma, impregnando el aliento y las manos que procuran esconderse entre las ropas huyendo de los fríos extremos. Empieza a obscurecer y hacia occidente se ven los últimos destellos de un
sol que poco a poco desaparece. Se escucha la furia del agua que rebota sobre el piso hasta cuando amaina lentamente y quedan los pavimentos relucientes y el aire busca la soledad de espacios
sin luz en medio de los árboles de las avenidas desiertas y silenciosas.<< MORE >>
El día de la exposición pictórica de mi amigo Pacheco gentes importantes concurrieron al
evento, todos conocidos y convocados por las buenas relaciones de mi suegra, experta en esa clase de presentaciones más sociales que publicitarias. En verdad el pintor se esmeró en
exhibir una serie de cuadros en los cuales se podía apreciar, además del dibujo perfecto, una secuencia de figuras que impactaban por tener alguna relación con el medio
y los sucesos que estábamos viviendo: eran relatos mudos sobre la crueldad de nuestra raza, lo imperioso del sexo desbordado y el trasfondo religioso que impregna toda nuestra historia. Después de hacer un recorrido por las tres salas quedaba la impresión de algo grandioso; por lo menos en mí dejó la huella de lo trascendente y
perdurable.<< MORE >>